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lunes, 31 de octubre de 2011

POLLO ANDALUZ Seudónimo: Cucci Nabella

POLLO ANDALUZ

Seudónimo: Cucci Nabella


La suave textura de la almendra, su aroma, estaba aún en sus manos, cuando me pasó la mano por la cara y me miró insinuante, para volver luego su atención a las pechugas de pollo que estaba cortando. Al terminar con la última y colocarla ordenadamente sobre las demás en un plato, tomó la copa de vino blanco y se la acercó a los labios, sintiendo su aroma con satisfacción. Fue entonces cuando miró su reloj y me dijo:
-Este reloj debe tener algo más, porque se detuvo otra vez... ¿Cuánto hace que le cambiamos la pila?-

-Un par de meses. - Dije - Son las dos, pero no hay apuro. -

-Tengo hambre - Me dijo. Entonces apuré mis palabras.

-¡Ah. Entonces si, es urgente!.- Reímos.


Aldana cocinaba todos los días, pero los domingos, era especial.

Ese día realizaba recetas que le había dejado su abuela, anotadas en una especie de diario familiar, que venía desde tres generaciones atrás.

Y me puse a picar el perejil como decía en la receta y mientras lo hacía, me interesé en un escrito con tinta roja, que había en la misma hoja. “Esta es la comida con que la abuela Mary se vengó de la traición del abuelo.”

-¿Qué significa esto que dice acá?- Pregunté mientras le señalaba el escrito.

Aldana se acercó y aguzó la vista para leer, pero lo recordó enseguida, y contestó:

-Ah. ¡Oh !. Es una historia que contaba mi abuela acerca de su abuela Mary, que según recordaban mis tíos, cuando se juntaban a tomar jerez en bota y a contar historias, la llamaban “Mary Malula”, y decían que se había vuelto loca y le hizo la vida imposible al abuelo y a toda la familia, antes de morir.

Resulta que el abuelo quería ser marino y cuando cumplió los veintinun años, se embarcó en una lancha pesquera de Quellón, pero con tan mala suerte que naufragaron en un temporal y los rescató una avioneta de Puerto Aisén que venía saliendo de Melinka, así que llevó, a los ocho tripulantes, que estaban casi ahogados y semiconscientes, hasta Puerto Aisén.

Unos piensan que el orgullo no le permitió al abuelo, volver derrotado al lado de su familia, otros, que fue la abuela Mary.

Así es que se quedó a vivir en Aisén, donde se casó con la abuela, pero, como su sueño era ser marino, después de trabajar un tiempo en la maestranza, volvió a embarcarse en un viaje a Puerto Natales. Sólo que esta vez con su amada Mary.

Allí, intentaron establecerse, pero en aquellos tiempos hubo un éxodo masivo hacia Argentina. Todos corrían hacia El Turbio, tras la fiebre del carbón. Así que allá fueron a parar ellos, “del mar, al centro de la tierra”, como decía el abuelo. Por supuesto que la fiebre no le duró mucho a ese marino frustrado y después de juntar una buena cantidad de “pesos fuertes”, como se llamaba a la plata en esos años, se marcharon hacia la costa atlántica.

Río Gallegos era el puerto desde donde se embarcaba el carbón que salía de las minas de El Turbio. El abuelo empezó a trabajar de estibador con la esperanza de hacerse conocido y así, conseguir embarcarse en algún buque internacional, de los tantos que llegaban al puerto. Al poco tiempo se hizo adicto a los buenos asados argentinos y al vino. Después del trabajo se hacía un ritual irresistible, pasar por “la casita”, un bar muy popular donde se paraba a tomar un trago y ponerse en contacto con las tripulaciones extranjeras. Los hombres solteros y los más osados, después de recalar en “la casita”, se iban para “las casitas”. Es un barrio que aún existe (‘mal necesario’ lo llamó un recordado intendente), donde viven mujeres solas, prostitutas mayormente, que reciben a mineros y marineros por igual.

Claro que el abuelo no iba para esos lados, pero un día conoció a “La Tana”, hermana de la dueña del bar. Dicen que el abuelo no la pescó mucho al principio, pero que ella lo buscó tanto que al final, tuvieron una historia juntos. La abuela Mary, no tardó en enterarse y tuvieron su primer pelea, en la que ella le rompió una botella en la cabeza y lo mandó tres días al hospital. Después de eso, ella misma se encargó de preparar todo para mudarse a Comodoro Rivadavia, donde estaba haciendo furor el petróleo y los gringos pagaban muy buenos sueldos. Apenas llegaron, el abuelo consiguió trabajo en el muelle y la abuela Mary, que ya no soportaba quedarse en la casa, se empleó en la gamela del muelle, para cuidar los movimientos del abuelo. De ahí en adelante, no confió más en él, pero lo realmente grave fue que “La Tana” apareciera en Comodoro...

Lógicamente, todo el mundo pensó que venía detrás del abuelo. Así que este hecho alimentó la desconfianza que había nacido en el corazón de la abuela. Y como dicen que “los años no vienen solos”, poco a poco ella se fue enfermando de celos.

Aunque el abuelo no le daba motivos. Pero la semilla de la duda ya había sido sembrada, con aquel hecho en Río Gallegos. Con el tiempo la abuela se volvió obsesiva y lo molestaba continuamente con el mismo tema : ”La Tana”.

Muchas veces cayó en cama por sus ataques depresivos, pero se ponía tan violenta, al no poder vigilar los movimientos del abuelo, que se levantaba a escondidas, ya sea a espiarlo, como a pelearlo y atacarlo, tirándole con lo que fuera por la cabeza. Era tan irascible, cuando tenía alguna sospecha, que en varias oportunidades terminaba alguno de ellos en el hospital. El abuelo con golpes en la cabeza, o ella en estados alterados, histérica.

Cuentan que poco a poco la abuela redujo su mundo interior a tal punto de no hablar más que de ”La Tana” y del abuelo. Le reprochaba a diario y desconocía a todos los que iban a la casa, incluso a los miembros de la familia.

-Debe haber sido un verdadero calvario vivir esa situación, durante tantos años... -
Comenté.

Aldana continuó :

-Pero a pesar de su enfermedad, ella siguió atendiendo la casa y cocinando, hasta que un día, lo convenció al abuelo de que invitara a ”La Tana” a cenar con ellos, “para terminar con esta historia”, dijo. El caso fue que “La Tana” aceptó a comer con el matrimonio una noche, la abuela preparó el pollo andaluz y de alguna manera, que nunca se pudo descubrir, los mató a ambos con un preparado especial de la receta que los enfermó en forma tan fulminante que murieron al instante de haberlo comido.

-¿Un café?-

Realmente yo estaba tan sorprendido con la historia, que no presté atención a la última pregunta de Aldana.

-¿Quieres café?- Repitió.

-¡Oh. Si !. Disculpa. Te diré que si no fuera porque ya terminamos de comer, me habrías quitado el apetito con esa historia. El pollo andaluz estaba exquisito.

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